martes, 2 de agosto de 2011

Año Cero 5.3

"No mames... ha de ser como el juego del Fuaaa, nunca tiene final!" -Lizbeth Juliana.



Por Toño Alonso.



Marcus Braun y Drágovich Orlov corrieron hasta la entrada de un ducto de ventilación; la complexión promedio de su raza es muy versátil, incluso para situaciones de combate. Desde ahí, intentaron trasladarse hacia algún hangar de emergencia por dónde escapar. La Nacht Sonne empezaba a girar y los motores no podían detenerla, los efectos de la gravedad cero obligaron a los andromedianos a usar botas especiales para caminar sobre cualquier superficie, sin embargo su desplazamiento se ralentizaba por mucho. La gravedad, por otro lado, beneficiaba a los escapistas, pues podían subir los ductos verticalmente sin tener que trepar o sacar las garras.

-Achtung, achtung…! (Atención, atención…)

Sonó una voz mecánica en el altavoz anunciando el fallo en la gravedad artificial y alertando sobre los prófugos, dando la orden de tirar a matar.

El comodoro andromediano, a pesar de estar consciente como para emitir esa orden, tardó en incorporarse, todo aturdido, mareado, con la mirada temblando y apoyándose de los muros, salió de la sala con pistola en mano preguntando a todo el que veía sobre el paradero de los lizardos. Con gravedad cero es difícil correr, y peor con la nave en movimiento descontrolado, pero el comodoro Neumann se desplazó al puente de mando tan rápido como pudo.
Los escapistas llegaron al límite del sistema de ventilación del nivel donde se encontraban, delante de ellos está una turbina que distribuye el oxígeno a todo el nivel, se trataba de una recámara esférica enorme resguardada por una quintilla de mecánicos, armados- claro-.

-Y ahora, ¿qué, Comandante?
-Tranquilo, muchacho. Podemos hacer dos cosas. Primero, nos separamos y sigilosamente los neutralizamos uno a uno, mientras están distraídos; estaremos a campo abierto, es riesgoso.
-Ah, ¡perfecto! –dijo Marcus, con una mirada de desconfianza. -¿Y la otra manera?
-Mucho más simple. Esperamos a que todos se congreguen en algún rincón y le disparamos a quemarropa. Tendremos tiempo de escondernos, pero habremos llamado a toda la tropa en el área.
-Entonces resulta obvio cuál es la mejor.
-Sí. Adelante.

Se tiraron pecho al piso y se arrastraron hasta el borde del ducto donde estaban. A causa de la gravedad, el movimiento de los guardias de la turbina era más lento, estaban distribuidos en el lugar.

Al ser una recámara esférica, la gravedad les permitió dirigirse a cualquier lado desplazándose trescientos sesenta grados, por lo que el campo a cubrir era mayor y estratégicamente paupérrimo para la idea de Orlov.

Por la derecha de ellos se acercaba uno, venía distraído y silbando. Tropezó con la escalera que comunica ambos polos de la recámara. Los lizardos se hicieron un poco hacia atrás y se aferraron al piso, cubriendo sus cabezas con sus brazos y en espera de lo peor. El blanco, de facciones toscas y el cabello corto al ras del cráneo, con un arma a la derecha y un mazo a la izquierda, pasó de largo, sin lamentarse el golpe.

Justo frente a ellos, ciento ochenta grados hacia el otro extremo de la recámara, uno de los mecánicos había mirado arriba para ver a su camarada que tropezó, pero aún después de que se repusiera seguía viendo. Contemplaba a los lizardos, silencioso, con la mirada perdida y sin aliento, pálido, boquiabierto y rígido, como habiendo visto la cosa más terrible imaginable.

Orlov no se había dado cuenta, seguía aferrado al piso cubriéndose, pero Marcus en seguida se apoyó en su brazo para levantarse; con trabajo lo logró, levantó su arma y disparó una carga justo al frente. El tiro dio en el blanco, en la cara del rubio que los miraba. Al momento del impacto, el sonido fue como el de alguien amasando plastilina; la cabeza se fragmentó en pedazos pequeños, los ojos se abrieron hasta salir y convertirse en lunas orbitantes alrededor del cuerpo, los dientes se convirtieron en proyectiles que salieron disparados en todas direcciones, uno de ellos se le enterró en la tráquea a otro andromediano, matándolo al instante; todo ocurrió en cuestión de tres segundos. Éste último sí alcanzó a gritar. Los tres restantes corrieron a tomar posiciones rodeando la ventana en que se escondían los intrusos.

Orlov se levantó enseguida. Ambos saltaron justo cuando los otros empezaron a disparar. El salto en gravedad cero los impulsó hasta tal altura que pareciera que volaban; en eso dispararon todos, uno de los tiros rasgó la manga vacía del uniforme de Marcus. Drágovich acertó dos tiros en su blanco, uno en el pecho y otro en el corazón; el manco le voló la cabeza a otro.

Restaba el rubio del mazo, era tan alto como Orlov. De un disparo le arrebató el arma a Marcus, destruyéndola. Con un movimiento de manos, su arma, que era una cortadora de plasma –empleada para fragmentar materiales duros-, sacó otros dos cañones.

-Mierda. ¡Salta! –gritó Orlov.

Ambos saltaron en sentidos contrarios mientras que el tosco disparó a su blanco haciendo un hoyo sobre la superficie donde estaban aquellos. Y siguió disparando, para seguir la trayectoria del lizardo aún armado. Orlov respondió el fuego, pero el andromediano usaba su mazo como escudo, aprovechando su descomunal tamaño.

Al cese al fuego, todos saltaron. Orlov y el tosco saltaron hacia el mismo lado y con la misma velocidad en un movimiento perpendicular. Antes que el rubio, el Lizardo disparó sabiendo que aquél se cubriría con el mazo –y así ocurrió-; disparó luego contra la superficie hacia la que se dirigía varias ráfagas para ralentizar su desplazamiento. El rubio tocó suelo y se puso en pié, extendió su brazo junto al mazo para disparar; ésta oportunidad la aprovechó Drágovich para arrebatarle la cortadora de plasma de un tiro, y al hacerlo ésta explotó. El tosco volteó en seguida y lanzó el mazo con una fuerza increíble, pronto alcanzó a Orlov en el aire y lo empujó hasta el otro extremo, presionando su pecho. La lenta velocidad del mazo, sin embargo, permitió al lizardo girar usando el proyectil como punto de apoyo, saltó hacia otro lado; al choque, el mazo casi perfora la esfera.

Antes de que Orlov legara a tocar suelo, el macizo andromediano saltó hacia el lizardo con una velocidad brutal, alcanzándolo. La presa nada pudo hacer; fue sujetado de la cintura con ambos trazos -ambos tan gruesos como el descomunal mazo- y apretado casi al grado de que su cadera tronara; y después tronó.

El manco Marcus Braun se dirigió a una pequeña escotilla, ubicada en la base de la sala esférica, a las antípodas de la gran turbina. Tuvo que abrirse paso entre los cadáveres y restos flotantes de la cuadrilla enemiga, pero llegó sin problema; la escotilla estaba abierta y entró. Ahí había una plataforma de carga que atravesaba la nave de un polo a otro; tenía su sistema bloqueado y no sería cosa fácil intentar descifrarlo rápidamente ante tan frustrante situación y usando sólo un brazo.

El comandante lizardo intentó romperle el cuello a su torturador; pero aún habiéndole roto la nariz y dejándole ensangrentado todo el rostro, aquél no cedía. Orlov le apretó el tórax con las piernas, le sujetó la cabeza con las manos y se hizo hacia atrás para tomar impulso, arrojando su cabeza contra la sien del brutal asesino. Lo neutralizó por un par de minutos. El escamoso cayó al piso, pero se retorció para acomodar su cadera, en medio de un concierto de gritos procedentes de él mismo, sudando de dolor e intentando ayudarse con las manos. Se escuchó –luego de unos larguísimos segundos- el “cranc” que indicaba que la posición de los huesos era la correcta; el dolor cesó rápidamente pero la coordinación se había perdido, sólo podía manejar libremente la mitad superior de su cuerpo.

Un pitido se escuchó y en seguida la voz mecánica del megáfono hizo un anuncio en el idioma de los anfitriones. La gravedad de la Nacht Sonne había sido restablecida. Mientras esas palabras se pronunciaban con pacientes pausas la nave dejó de girar, las gotas de sangre flotantes cayeron al piso formando un charco a unos metros de la escotilla, todos los cuerpos –incluidos los combatientes- rodaron hasta el charco, batiéndose.

Orlov intentó arrastrarse hacia Marcus usando sólo sus brazos. Uno de los cuerpos recobró el movimiento de las manos, poco a poco fue retorciéndose para recuperar su condición luego de un tremendo entumecimiento. Una gran y casi deforme masa de músculos se levantó, teñida de rojo -como si estuvieran a flor de piel-. Las enormes manos se dirigieron a la mandíbula para jalarla y ajustarla. El lizardo que intentaba huir miró aterrado lo que sucedía a sus espaldas, escaso par de metros; aceleró su avance pero no apartaba la vista. Sólo los enormes ojos de aquella bestia que buscaba la revancha brillaban blancos; Orlov, al derredor del andromediano, sólo percibía una silueta de oscuridad, no veía más que los brillantes ojos con sus pupilas negras denotantes de furia en medio de una gran mancha roja.

La bestia se quitó su uniforme manchado, sobre su abdomen apenas teñido de rojo había un control, del que pulsó un par de botones. Las venas del andromediano se hincharon y brillaron verdes, iluminando su camino desde el pecho hasta las extremidades. Al momento, todos sus músculos se contrajeron y se hincharon, aumentando su masa, deformándolo más. Ese crecimiento exponencial llegó a hacer que la piel se rasgara. La criatura resultante era gigantesca.

En la cabina donde se encontraba Marcus Braun se encendió una torreta roja, las puertas de la plataforma se abrieron, dando acceso libre. Afuera en la esfera, además de la torreta, sonó una alarma. Arrancó uno de los motores más grandes jamás construidos, en la cámara hubo un ruido como producido por mil explosiones, ensordecedor.

La bestia avanzó hacia Orlov, quien estiró sus brazos tanto como le fue posible para avanzar más rápido, pero la masa roja daba pasos de gigante. Marcus se  asomó, sujetó al comandante y lo jaló. La turbina alcanzó el ciento por ciento de su velocidad; en la cabina, una luz indicaba que su funcionamiento estaba en un punto crítico. La velocidad del aire succionado ralentizó a ese rubio deforme y pronto despegó sus botas de la metálica superficie esférica.

Los lizardos cerraron la escotilla y la aseguraron; a través de una pequeña ventana contemplaron al andromediano luchando por alcanzar algo de qué sostenerse. Lentamente fue tragado por las hélices de la turbina, golpeado y machacado a una velocidad increíble; en menos de un parpadeo ni evidencia quedaba, cada partícula de su sangre fue distribuida por el sistema de ventilación.

-Vaya. Muerto a manos de su mayor fan (ventilador) –agregó Marcus.

Al otro lado de los ductos, por una rejilla se escuchaba el motor de las turbinas de la nave.

-Se puede sentir al fin aire fresco -expresó un guardia.
-Eso es bueno, sigan buscando. Schnell (rápido) –ordenó Adonis Neumann, quien iba pasando por el lugar.

El comodoro andromediano se posó un segundo justo debajo de la rejilla para sentir el aire. Pero lo que sintió fue un baño de sangre, procedente del otro lado de la turbina, donde hubo una batalla a muerte.

miércoles, 13 de julio de 2011

Año Cero 5.2

Por Antonio Alonso.


Adonis Neumann se paseó frente a los detenidos durante unos minutos, de vez en cuando fijando la mirada en sus rostros. Su gesto de indiferencia se había deformado, contrayendo sus facciones en una muestra de desprecio y odio que, cuando les miraba a los ojos, le obligaba a hacer rechinar sus dientes y bufar. Se pasó atrás del panel de luz que los detenía para relajarse y ordenar sus ideas para el interrogatorio.

-Drágovich Orlov –dijo el andromediano mientras caminaba hacia el frente del lizardo-, obviamente sabe a qué vino, pero no por qué está aquí. Pues bien, no lo tome como algo personal, pero los sobrevivientes de mi especie lo odian a usted, por ser una especie de heraldo de la muerte.
-Menos mal –interrumpió Orlov-, creí que era otra cosa. ¡Mierda! Le he copiado el sarcasmo a ese estúpido científico -murmuró en voz alta-.

Adonis le miró fijamente el ojo izquierdo, observó la trayectoria de la cicatriz que le atravesaba media cara e hizo un gesto inmediato de repugnancia.

-Esa herida es nueva. ¿Se la hizo algún camarada mío?
-En realidad no es así, es una historia graciosa.
-¿Sí? Cuénteme. ¿Es que ofendió a algún ministro?
-De hecho jugué una apuesta hace unos meses a que podía afeitarme con los ojos cerrados.
-Veo-dijo con sarcasmo Adonis- que perdió la apuesta.
-La gané, como siempre pasa con todo. Al final, yo gano.
Adonis estiró sus brazos, luego se quitó los guantes y el saco del uniforme.
-Quisiera, en serio, no hacer lo que tengo que hacer; pero lo que hago es por los de mi especie, más que por el Imperio, sin mencionar que mis superiores también son de mi especie y lo odian por igual. Particularmente, el joven comodoro Braun no tendría por qué estar aquí, pero como es el oficial de más alto rango se aplican a él las reglas como prisionero de guerra.
-¡Guerra que ustedes empezaron!

Tan pronto Marcus exclamó, le dieron una descarga que le provocó un paro cardíaco de treinta segundos. Durante ese tiempo, el interrogatorio continuó.

-¿Por qué destruyeron Blauenhäuser?
-Ustedes lo destruyeron con su tonta guerra civil.
-¡Mentira! –acto seguido, le pegó una bofetada al escamoso-.

Neumann respiró profundo y sacó su cigarrera del pantalón. Dio dos golpes a la punta del cigarro contra el estuche y, sosteniéndolo con sus dedos índice y medio, lo encendió; aspiró y liberó una gran bocanada en el rostro de Marcus, que apenas se incorporaba.

-Nuestros asuntos internos a usted ni al ministerio deben importarles, Drágovich. Sabemos que, durante su última visita a ese planeta, su misión era esconder una bomba Flapjack.
-¿Estás loco? Ni siquiera yo, que soy de alto rango, y aún siendo de confianza, estoy autorizado para utilizar esa clase de arsenal. Hace miles de años que no se usa una bomba de ese tipo.
-Creo que somos afortunados por haber encontrado antes otros mundos para colonizar; lo malo es que la mayoría de nosotros murió ese día.
-Aún así, ustedes tienen suficiente población para tripular naves de éste tipo.

Hubo un corto silencio. El rubio caminó en círculo por el coliseo con el cigarrillo en la boca; los lizardos querían seguir sus movimientos pero estaban imposibilitados.

-Desde aquél día –dijo Adonis mientras salía por la derecha del panel-, ésta es la única nave nodriza que queda, la Nacht Sonne. Con el tiempo, desciframos transmisiones de emergencia de otras colonias y naves en galaxias diferentes que revelan que ustedes las destruyeron sistemáticamente.

-Para nada. El Ministerio tiene evidencia de que ustedes se enfrentaron a muerte, luego nos atacaron y nos vimos obligados a participar del combate, pero sólo en las colonias lizardas, no más allá.
-Como si los lizardos fueran los únicos con representatividad en el Ministerio –interrumpió un timbre que sonó por dos segundos, luego una voz mecánica dio un mensaje: “Comodoro Neumann. Comunicación urgente”-… Vaya. Qué le parece, creo que el exministro Helmut Brüll, nuestro emperador, me necesita al habla.

El blanco salió del pequeño coliseo para atender esa llamada. Helmut Brüll había sido miembro del Ministerio, representante de los habitantes de la galaxia de Andrómeda, de quienes también era noble emperador, al borde de llevarlos a la lucha desesperada por la supervivencia en lo que él mismo reconocía como una guerra inútil que terminaría con la existencia de su raza; sin embargo la solución popular para la sobrevivencia era el conflicto bélico, cuya última esperanza era acabar con la raza más numerosa conocida usando una fuerza miles de veces menor y tecnológicamente más atrasada.

Para los andromedianos como Adonis Neumann resultaba obvio que serían aniquilados, pero la paridad del costo se balancearía luchando como suicidas, lo que durante la guerra del Nacht Sonne les valió numerosos e importantes triunfos sobre las fuerzas del Ministerio.

Los andromedianos no tenían un nombre propio como especie, sino que se les denominó así según la investigadora lizarda que los sometió al orden del Ministerio, la infame Andromeda Gavras, quien no tuvo otro mérito en su vida, salvo morir misteriosamente luego de investigar la historia de esa raza.

-Es curioso encontrar alguien que se de tanta autoimportancia en éstos días.
-Cállate, Marcus. Si no quieres que esos focos de infección bien vestidos nos maten antes que el otro desquiciado vuelva –murmuró a regañadientes Orlov.

La silueta de Adonis no tardó en hacerse ver por el umbral a la entrada del coliseo. Desde ahí siguió con su charla.

-Les decía, mis amigos. Quedamos menos del diez por ciento de la población original, toda la milicia andromediana está concentrada en esta nave, aproximadamente la tercera parte del total de supervivientes. El ministro Brüll le manda sus saludos, comandante Orlov, y el último adiós; me ha ordenado aniquilarlo ahora que puedo.
-Éste día está lleno de sorpresas, ¿no es así, Marcus?

La Nacht Sonne se sacudió violentamente. En el hangar todo era humo, ya no había naves ni tropas de ningún bando, quedaba sólo un agujero gigante y restos de sangre y vísceras por doquier. La nave se había salido de órbita y la gravedad interna era inestable.

La nave insignia lizarda había explotado como medida de seguridad para que, en caso de captura como el de ahora, el enemigo no pudiera obtener información específica sobre la tecnología de los lizardos ni cualquier otro aliado al Ministerio.

El campo que mantenía suspendidos a Orlov y Marcus se desactivó y se apagaron las luces dentro de la sala de conferencias en que los sermoneaban. Los soldados blancos se gritaban de un rincón a otro dentro del coliseo para asegurarse de que alguno los tuviera a tiro, pero nadie los veía; los lizardos habían saltado rápidamente para ocultarse, ya sabían las posiciones de los guardias y, antes de que éstos usaran su visión nocturna, gritó uno de ellos, Drágovich le había roto la caja torácica; luego otro, al que Marcus tomó con su brazo, tiró al piso y le arrancó la cabeza de una mordida. Tomaron las armas de los caídos y corrieron hacia donde Adonis, para escapar; Orlov apenas tuvo tiempo de empujarlo hacia los guardias para evitar que disparen a su salida.

viernes, 17 de junio de 2011

Año Cero 5.1


"Muy, muy entretenido. Es bonito ver a la ciencia ficción no tomarse tan en serio."
-Rodrígo Schwartz León.





Por Toño Alonso.






El planeta sede del proyecto Terra había dado ya unas veinte vueltas al Sol desde aquél día en que Denis sembró la semilla. Los lizardos difícilmente envejecían; su fría sangre y las lentas palpitaciones de sus corazones hacían de ellos entes muy longevos.

Más de noventa especímenes deambulaban libres por el domo, sin rumbo, sin qué hacer, sin ropa; expuestos ante el impredecible clima y las dificultades del terreno, como tener que atravesar ríos, escalar montañas, saltar rocas, trepar árboles, rodear precipicios; así como tener que buscar su propia comida.

Los elementos del destacamento lizardo en el domo ayudaron a distribuir a los monos en puntos específicos; asimismo, Denis y Daniel habían logrado reproducir la extraña planta, aún ignorando para qué servía, esperaban que sus creaciones sirvieran de experimento para ello. Era una planta capaz de sobrevivir a cualquier clima, pero crecía más esplendorosa en regiones cálidas, donde su fruto era rojo, en otros lados amarillo o verde, de consistencia dura y fibrosa. Los científicos nunca se atrevieron a probarlo, se limitaron a debatir sobre por qué variaba el color de la piel y no el color de la carnosidad del fruto, siempre amarillo.

Hilfiger sabía de la semilla desde que Orlov la entregó al laboratorio, se le notificó en un informe que detallaba estrictas órdenes de cuidar las plantas y frutos resultantes, principalmente.

Dragovich Orlov, a todos siempre pareció un personaje siniestro, hasta para sus hombres de confianza, Marcus Braun en la estación lunar y Sergei Hilfiger en el domo. Orlov siempre usa un guante negro en su mano izquierda, para esconder la horrible cicatriz que cubre su brazo completo, ocasionada por un interrogatorio durante la guerra del Nacht Sonne. El otro detalle era una cicatriz que atravesaba su cara, desde la frente hasta el mentón, pasando por su ojo izquierdo; el ojo aún lo tiene, pero ya no es útil para ver; esa herida se la ocasionó afeitándose con los ojos vendados, por una apuesta que, en medio de un río de sangre, ganó. Por último, una gabardina que usaba a manera de capa, tan larga que llega debajo de las rodillas, siempre la usaba, era negra y estaba hecha con la piel de un grupo de anarquistas que él mismo eliminó antes de que destruyeran la sede del Ministerio. Todo eso le había ocurrido la misma semana.

Hilfiger, masoquista, tiene un retrato de Orlov detrás de su escritorio en la comandancia del domo. Llevaba ya veinte años no haciendo más que dar órdenes y preguntar cómo iban las cosas; en todo ese tiempo nunca salió al jardín ni viajó a la estación lunar; de entre todos los que participan del Proyecto Terra, es el elemento que menos ha cambiado con el tiempo, excepto por unas escamas que se volvieron babosas debajo de sus párpados, haciéndole lucir como alguien muy agotado, cuando se supone que no lo es. Durante veinte años redactó informes para entregarle a Orlov durante su minuciosa y puntual inspección semanal.

La guerra del Nacht Sonne ocurrió durante esos veinte años; el Ministerio había comisionado a Orlov para pactar una tregua, pero fue tomado prisionero, junto con toda su flota.

La flota lizarda constaba de unos trescientos cruceros de batalla, la nave insignia fue la encargada de gasear Saturno durante la guerra anterior, es tan grande que, cuando recogió a Orlov en el domo no pudo entrar al planeta. Los enemigos eran los antiguos habitantes de Andrómeda, con cuyos ancestros Crocman y Devlin experimentaban en el domo. A ellos podría describírseles como seres bellísimos, obviamente evolucionados y de gran intelecto, bien armados pero generalmente pacíficos; cual más de ellos alto, blanco, rubio y con ojos de color.

El comodoro Adonis Neumann dirigía la flota desde la nave insignia andromediana, una esfera de hierro gigante, cuyo tamaño excedía un centenar de veces a la nave insignia contraria. Una de las principales defensas de la nave era cubrirse con un escudo de fuego, bajo el cual podía esconderse durante semanas, confundiénse con un sol ante ojos ajenos.

Así, los lizardos la creían un astro. La corona de fuego abrazó una a una a las naves de la flota haciéndolas explotar. La nave de Orlov y una escolta con un paupérrimo número de naves caza quedaron impunes; dispararon sin piedad ni objetivo claro, agotando su munición tontamente. La coraza de fuego desembarneció hasta dejar ver la brillante nave. Los disparos rebotaron y los misiles explotaban muchísimo antes de hacer contacto; antes de que cesaran el fuego, la esfera -humeante aún- brilló hasta cegar a la tripulación; una fuerte sacudida posterior paralizó los sistemas de navegación y defensa. Para cuando pudieron ver algo, ya los atraía la llamada “estrella de muerte”, ganadora de innumerables batallas épicas en nombre del Ministerio.

Se prepararon todos para descender en cuanto el campo tractor los dejara en el hangar, una tripulación de casi cien mil lizardos contra la población de un planeta artificial.

Marcus Braun era el comodoro de la nave insignia e iba como el segundo de cartera de Orlov. Tocaron suelo, se dieron cuenta por una brusca sacudida. Fuera ya los esperaba lo que de lejos parecía una mancha blanca, debido a los uniformes, todos armados hasta con cañones antiaéreos. Las tropas de Orlov descendieron en orden y se formaron frente a la nave, portaban sus armas descargadas, de no hacerlo así se habrían prestado a la muerte fácilmente.    

-Drágovich Orlov –dijo una voz suave y siniestra a través de un megáfono-.
-Y mi segundo, Marcus Braun –agregó el diligente lizardo, mirando hacia arriba mientras buscaba una oficina de comando del hangar-. Veníamos a pactar una tregua, pero...
-Creo que ya no será necesario, comandante   -interrumpió en seguida la voz-.

Una plataforma transparente y delgada se elevó sobre los andromedianos para acercarse a la comitiva del Ministerio. Una figura erguida, de unos tres metros, con el cabello lacio y largo hasta media espalda, ojos grises y brillantes, redondos como un par de monedas, tez blanca con una sonrisa triunfal; tenía las manos cruzadas por detrás de la espalda y portaba guantes negros; portaba un uniforme blanco de saco y pantalón, una línea roja atravesaba el pantalón por cada costado y otra atravesaba el saco por la solapa derecha, del lado izquierdo llevaba una placa de condecoraciones y la Cruz Imperial alrededor del cuello.

Cuando la plataforma tocó el suelo, a escasos cuatro metros de Orlov, la actitud del blanco denotaba desprecio, pero se confundía con indiferencia, aunque los de su raza no eran famosos por ser muy expresivos.

-Con que la Cruz Imperial, ¿eh? Hacía mucho que no la veía –murmusó el comandante lizardo.
-Desde que nos unimos al Ministerio que no se otorgaba esta condecoración. Pero, ahora que ustedes nos han desechado, nos hemos integrado en un imperio otra vez. Aun que uno pequeño, por obra y gracia suya, Dragóvich.
-Y, ¿por qué te dieron esa medalla, Adonis; por matar inocentes confederados?
-Por valor.

Un silencio se produjo en el enorme hangar. Entre ambos bandos, ni siquiera parpadearon. Marcus miraba a todos lados, como buscando detalles; Adonis lo miraba de reojo. Notó que era muy joven para ser comodoro, pero lo dejó pasar; algo que no ignoró fue que no tiene la mitad del brazo izquierdo, por lo que la manga de su uniforme la llevaba fajada en el pantalón.

-Orlov y el lacayo serán interrogados. Vigilen a los demás –gritó el jefe de los rubios; se les acercó un poco, no les llegaba ni al hombro-. No te ves tan valiente ahora.

La sede del interrogatorio era la sala de información, un recinto cilíndrico y enorme muy bien iluminado, parecía un coliseo por las gradas de alrededor, pero el único público eran una docena de guardias, el comodoro andromediano y los interrogados.

Un rayo de luz se disparó y ató a Marcus y Orlov de manos, cintura, piernas y cuello, los mantuvo suspendidos en el aire. El jefe de los guardias ordenó que probaran los instrumentos, para lo que dieron una descarga eléctrica a los presos. Un grito, rugido tremendo se escuchó en el coliseo, pero fuera de sus muros nadie se daba por enterado.

-Los instrumentos son ciento por ciento operacionales, señor –apuntó el operador a su jefe, quien reportó a Adonis que podían empezar.

jueves, 16 de junio de 2011

Año Cero 4

"Toñofilia, nueva pandemia de la humanidad, está en las Escrituras. Año Cero representa la incursión de Toño Alonso en la ciencia ficción no ausente de humor en los diálogos. Año Cero es una historia amena, contada con toda la pericia del género, que promete, conforme avanzan las entregas, un desarrollo cada vez más interesante. No sé a dónde vaya la historia, pero espero que el autor lo sepa... espero que lo sepa..." -Carlos Villarreal.



En la comodidad de su despacho, fumando su pipa y recostado en su sofá, acomodado frente a la ventana que da hacia el domo, Crocman despejaba su cabeza, ordenaba sus ideas y se planteaba todas las posibilidades con el Sujeto Cuatro. Era muy pequeño, aparentemente muy joven; los demás especímenes tenían más pelo y se veían más maltratados. En realidad, el Sujeto Cuatro prometía un experimento más próspero. 

Las preocupaciones del profesor iban más allá; no había seguido al pie de la letra el Proyecto Terra, pues iba en contra de su moral. “¿Se habrá dado cuenta el Ministerio?”, pensó. “No, no creo. Nadie ha entrado al planeta más que ese policía sadomasoquista de Orlov. Y nadie se ha acercado a éste planeta desde hace cinco años locales, cuando Daniel llegó; aun así, fue un viaje de ida y vuelta, sólo él y el piloto”. Sacudió su pipa en el cenicero para apagarla y sonrió.

-De ninguna manera –dijo-.

Se dirigió hacia la ventana para sentir la brisa. El panorama constaba de una nevada serranía, un lago enorme debajo de ella a su vez rodeado de un espeso bosque. El cielo se apreciaba azul a causa del grosor del cristal de la cúpula.

-Bertie, quisiera escuchar las aves del planeta Osiris. Enciende el micrófono, por favor.
-Sí, profesor.

En un segundo, el gran despacho era auditorio de un concierto en que participaban cientos de aves de distintos tipos. Trinando y silbando. Denis cerró sus ojos para imaginarse debajo del roble junto al riachuelo, al que siempre va cuando necesita relajarse. Igualmente, se quedó dormido recargado en la ventana.

En su sueño, estaba él tendido debajo del roble, durmiendo. Pronto, una brisa caliente le obligó a despertar, era insoportable y le hacía sudar. Las montañas y el bosque alrededor ardían en llamas; las aves y otros animales emitían sonidos aterradores al escapar del incendio. En un segundo, el riachuelo se secó y la vegetación murió antes de ceder al fuego. Crocman se vio rápidamente rodeado por las llamas. Una risa escalofriante. Hacia las montañas, detrás, se apreciaba una silueta que levantaba sus brazos en señal de triunfo. Silencio absoluto. La tierra se abre y se traga todo dentro del domo; luego, una explosión originada en lo que solía ser un oasis destruye la mitad del planeta.

Había dormido por horas. Crocman despertó aterrado y cayó al suelo. Sudaba frío y temblaba. Vio cómo sus manos se sacudían violentamente en consecuencia de su impactante sueño. Se arrastró hasta su sofá. Respiró profundo y reunió fuerzas para levantarse. Se sirvió coñac en un vaso para tragarlo de un sorbo. Carraspeó. Su rostro pronto se bañó en lágrimas.

-¡De ninguna manera! –gritó.

Bertie registró que el ritmo cardíaco del profesor se había acelerado. A través de su despachador envió un calmante y un vaso con agua.

-¿Está todo en orden, profesor?
-Sí, Bertie –dijo con la voz temblorosa-. Todo en orden. Por favor, avísale a Daniel que no podré ir al laboratorio hoy. Necesito concentrarme en otra cosa por el momento.
-Sí, profesor Crocman.

Crocman encendió su computador para investigar todo sobre la semilla de Orlov. Tecleó “Sukmeov”. El monitor mostró una pantalla roja y un cintillo en medio con letras grandes y amarillas que decía “Restringido. Requiere autorización de nivel 1”. Pronto pensó que Orlov debió haber bloqueado ese contenido; aun así, de haberlo pedido al Ministerio, Orlov algo habría inventado para evitar que conociera esa información. Miró la semilla con disgusto, la había puesto junto al teclado. “¿Qué rayos eres?”, pensó.

-¿Bertie?
-¿Sí, profesor?
-Iré al laboratorio. Que nadie entre. Ni siquiera Daniel.
-De acuerdo, profesor. Daniel se encuentra durmiendo.

A la mitad de la noche, irrumpió en su propio laboratorio, evitando hacer ruido para no despertar a seguridad. Se encerró. Llevaba en su mano el frasco con la semilla que Orlov le había dado la tarde anterior. Al hacer el análisis químico, ninguna sustancia era conocida, ni los compuestos ni la forma de las células.  Un escalofrío recorrió la espalda de Denis. “Emocionante y aterrador”, pensó en voz alta.

-¿Registraste toda la información, Bertie?
-Sí, profesor.
-Almacénala, más adelante sabremos qué es. Necesitamos más monos para averiguarlo. Pero no el Sujeto Cuatro, tengo otros planes para él. No tengo opción, debo cultivar esta semilla si quiero saber qué es y si quiero seguir con vida.

Dejó todo en orden antes de salir del laboratorio, para no levantar sospechas. En medio de la oscuridad, bajó al jardín para sembrar la semilla. Había mucha niebla, a través de ella se veían los rayos de luz de la luna. La sombra de Crocman se proyectó sobre una roca; era él aún con su bata, sosteniendo una pala con ambas manos. Se dirigió hacia la cima de una colina, un lugar despejado rodeado apenas de unas plantas pequeñas; la luna le seguía horizontalmente, de lejos sólo se veía la silueta de quien vagaba sospechosamente sólo para sembrar algo. Empezó a llover, unos rayos iluminaron el domo.

-Al fin llegué –al decir esto, el ahogado sonido de un trueno hizo temblar la tierra.

Comenzó a cavar un hoyo, sacó algunas rocas que se encontró y, en el fondo, puso la semilla, con miedo. Otro trueno. Comenzó a tapar el hoyo, un rayo iluminó su rostro; reía con ironía, pues cualquier cosa podría pasar a partir de ese momento. Al terminar, clavó la pala en la tierra y se tiró al suelo, rendido. Otro trueno.

-Ahora sí, que ocurra lo que deba ocurrir. ¡Estúpida semilla!

La lluvia empeoró y Denis se levantó para correr hacia la plataforma. Nada se veía a causa de la niebla debajo de la colina y los rayos sólo servían para cegarlo. Tropezándose y pasando por entre los matorrales, se dirigió a un pequeño hueco en la base de una colina cercana. Se refugió ahí hasta que la tormenta se hubo calmado un poco. Un rayo iluminó el lugar. Crocman vestía una bata desgarrada, estaba todo enlodado. A su lado, alcanzó a vislumbrar un pequeño bulto, acurrucado detrás de una roca. El Sujeto Cuatro estaba dormido. Su creador se le acercó para apreciarlo, le pareció  tierno verlo ahí; en medio de la tempestad algo le alegraba, y era el pensar que podría salvar a los de su especie, para darle compañía a ese crío. Una familia, quizás.

Dejó de llover y Denis subió a la cúpula. Escurría lodo. Rápidamente se aseó y cambió su ropa, limpió sus manchas para que nadie se diera cuenta.

-¿Qué hace, profesor?

Denis gritó del susto y dio la media vuelta de un salto, sosteniendo el palo del trapeador como un arma, apuntándolo hacia quien le hablaba. Al darse cuenta de que era Hilfiger, se relajó y bajó el palo.

-¡Ah! Era usted, capitán; me espantó. He regado algo de café y limpié, no podía dormir.
-Yo tampoco. Estuve caminando por la base para ver si me daba sueño y escuche la plataforma subir.
-Sí. Amm, bajé a sembrar la semilla del comandante Orlov. Subí en cuanto me agarró por sorpresa una lluvia. Vine a tomar algo de café, me resbalé con mi lodo, fui a cambiarme y volví para limpiar.
-Le creo, profesor -Hilfiger le miró con desconfianza-. Que tenga una buena noche, volveré a mi dormitorio.
-Yo haré lo mismo, capitán.